No Todo es una Pantalla

Los que pintamos canas conocimos que en épocas antes de la explosión tecnológicas, los pueblos disfrutaban de comercios pequeños, cafeterías, timbiriches, cines, circos, teatros; los artistas hacían giras por los pueblos; se paseaba por los parques y se compartía con familiares y amigos, lo que provocaba que los pueblos chicos fueran hermosos y sus habitantes vivieran con un poco de felicidad. Las capitales también tenían hermosas instalaciones culturares y se podía disfrutar de ellas cada día.
A medida que llegó el desarrollo se crearon grandes mercados que provocaron el cierre de los pequeños negocios. Los cines, teatros, emisoras de radio también fueron vencidos por la competencia y ahora muchos ven en sus pantallas de TV o de sus móviles todo cuanto necesiten, desde películas, conciertos, noticias y todo tipo de espectáculos. Hasta el método antiestrés de las mujeres al ir de compras ha sido invadido por las adquisiciones en línea y las visitas al banco no son necesarias con los pagos digitales. Por otra parte, últimamente se ha implementado recibir clases y trabajar desde casa usando el internet. De continuarse así, en algunas regiones los residentes no tendrán que salir de casa para nada.
Lo preocupante de todos estos adelantos es que aumentan las brechas de desigualdades en el mundo. Mientras unos van en proceso de digitalizar todas sus funciones, otros sólo tienen un incipiente desarrollo en esa esfera. Ha surgido una nueva división social, los que pagan con tarjetas y los que no, pues sus escasos ingresos provienen de trabajos informales y pagados en efectivo.
La forma de enriquecerse también ha cambiado y ahora proviene, mayormente, de las aplicaciones de las tecnologías y los que aumentan su uso. Los montos de las fortunas de algunos de los nuevos ricos sobrepasan los PIB de muchas naciones juntas. En esta esfera de enriquecimientos han sido beneficiados los que crean programas informáticos y aplicaciones, cantantes, deportistas profesionales de alto rendimiento, presentadores y actores, entre otros, que reciben pagos por sus actividades con cifras elevadísimas. Sin embargo, muy pocos científicos, médicos o profesionales de las demás ramas técnicas reciben una buena gratificación por su labor, sin mencionar los salarios de los obreros.
Por otra parte, todo este crecimiento del uso de los sistemas digitales está provocando insatisfacciones, y no ha logrado disminuir el uso de estupefacientes y suicidios, incluso en personas supuestamente realizadas. Tampoco se ve disminución de las enfermedades físicas y mentales; increíblemente, algunos enfermos están solicitando la eutanasia al perder la fe en su recuperación.
La inundación de las nuevas tecnologías está provocando también un efecto bumerán en las sociedades que viven en paupérrimas condiciones, al observar en los medios comunicacionales que la vida puede ser más próspera y desean lograr lo mismo. Por tal motivo surge un gran malestar en esos pueblos que prácticamente no tienen nada y se preguntan cuál será su papel en la sociedad, pasando sus miembros a engrosar las filas de los migrantes que huyen de sus regiones de origen buscando protección en otros territorios, creyendo que su éxodo será bienvenido. Son tantas las migraciones masivas que los gobiernos de los países poderosos a donde se dirigen se preguntan cuáles son las causas, como si no conocieran las evidentes razones.
Creo que es hora de sentarnos a reflexionar sobre los efectos nocivos de tanta tecnología y no dejar que nos convirtamos en zombis mirando sólo las pantallas de televisores o móviles. Lo que realmente queremos es ver un concierto en vivo, una película en un cine, pasear o practicar turismo, relacionarnos con los amigos y familia, tomar un café en una cafetería, leer un libro, darle la vuelta a un parque o ir al mercado a explorar lo que en realidad necesitamos; no deseamos comprar algo al mirar una buena foto en internet y al recibirlo no es como creíamos.

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